La inflamación crónica, el asesino silencioso

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“Una de las cosas más importantes que podemos hacer para mantenernos sanos es eliminar la inflamación”, dicen los famosos doctores Barry Sears, ideólogo de la Dieta de la Zona, y Andrew Weil, uno de los médicos naturistas más célebres del mundo.
Nos damos un golpe o nos hacemos una herida y rápidamente el cuerpo reacciona ante la emergencia con hinchazón, rojez, dolor e incluso aumento de la temperatura corporal si es necesario. Se trata de una respuesta defensiva urgente y puntual para solucionar la agresión que se presentado, se ha desencadenado un proceso inflamatorio que tiene un propósito beneficioso. La inflamación nos protege cuando el organismo se enfrenta a agentes infecciosos, traumas o células dañinas.
Sin embargo, con el proceso de envejecimiento, ayudado por malos hábitos en nuestro estilo de vida, va ocurriendo que la inflamación empieza a hacerse constante, funcionando permanentemente a nivel bajo y de forma continua sin detenerse cuando debe. Como normalmente no existe un proceso infeccioso o una agresión externa contra la que luchar, el proceso inflamatorio empieza a atacar los tejidos del propio cuerpo, es lo que se denomina la INFLAMACIÓN CRÓNICA, también llamada inflamación silenciosa por su manera “rastrera” y oculta de actuar, nos ataca a nosotros mismos de forma invisible.
Con el paso de los años se va produciendo en nuestro cuerpo un desequilibrio por el que se aumenta la lenta inflamación sistémica de baja intensidad destructora de tejidos, mientras que disminuye nuestra capacidad de respuesta inmunológica a agentes patógenos. Este desequilibrio subyace en todas las enfermedades asociadas al envejecimiento. Cuando el sistema funciona de manera óptima, la respuesta inflamatoria proporciona la acción de ayuda inmediata enfocada a detener al agente invasor y se detiene en el momento correcto cuando la amenaza ha desaparecido.
La inflamación silenciosa daña nuestras células, las paredes de nuestras arterias, además de nuestras valiosas neuronas. Algunos cánceres, las varices, dolores osteomusculares, reuma, asma, artritis, artrosis y ciertas alergias tienen su razón primera y original en la inflamación crónica. En realidad, podríamos nombrar cualquier enfermedad terminada en “-itis”.
En la mayoría de las ocasiones, nos ocupamos de cortar y tapar los síntomas y los problemas que estas enfermedades nos causan con, por ejemplo, analgésicos, antiácidos y antihistamínicos. Pero de manera complementaria a la prescripción médica deberíamos plantearnos restablecer el equilibrio inflamatorio de nuestro cuerpo mediante los medios a nuestro alcance: la dieta.
La doctora Victoria Baras Vall en su libro “Antiaging natural” nos aconseja mantener el equilibrio de los ácidos grasos Omega 3 y Omega 6, aumentando la ingesta de pescado azul (y tomando suplementos diría yo). Y sumado a esto señala algunos nutrientes que tienen un marcado efecto antiinflamatorio:
“Las vitaminas C y E; el aminoácido metionina, por su capacidad de reducir los niveles de histamina; todos los antioxidantes; las enzimas proteolíticas como la bromelina y la papaína; y los minerales azufre MSM y zinc”.
Mañana colgaremos un listado de alimentos antiinflamatorios para una fácil consulta. 


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